Mural digital: “Música en Resistencia: Sonidos que Transforman y Reivindican”


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Reflexión

            La música, comprendida desde miradas antihegemónicas, deja de ser un mero objeto estético para convertirse en una práctica social situada, cargada de sentido político, cultural y ético. Esta transformación implica reconocer que la música no es un universo neutral, sino que ha sido históricamente definido por discursos dominantes que privilegian ciertas formas, saberes y sujetos, mientras excluyen otros. En este sentido, asumir la capacidad musical desde perspectivas antihegemónicas supone cuestionar esas jerarquías y abrir el campo a una pluralidad de estéticas, corporalidades, territorios y experiencias que enriquecen las producciones interculturales.

Desde esta mirada, la música se configura como un espacio de disputa simbólica donde se negocian identidades, memorias y formas de resistencia. Las producciones interculturales, lejos de ser simples mezclas o fusiones superficiales, representan procesos complejos de diálogo entre cosmovisiones diversas. En ellas, la capacidad musical no se limita a habilidades técnicas o académicas, sino que se expande hacia formas de sentir, narrar y habitar el mundo. Así, prácticas musicales que emergen de comunidades indígenas, afrodescendientes o populares adquieren un lugar central, no como expresiones “alternativas”, sino como saberes legítimos que interpelan las lógicas hegemónicas de la educación y la cultura.

Asumir la música como acción política implica reconocer su potencia para visibilizar desigualdades y generar procesos de transformación social. En contextos marcados por la exclusión, la violencia o la marginalización, las estéticas diversas se convierten en lenguajes de denuncia y afirmación identitaria. El cuerpo, el ritmo, la voz y el territorio se entrelazan para producir sentidos que trascienden lo sonoro, configurando experiencias colectivas de resistencia. Por lo que la música no solo refleja la realidad, sino que contribuye activamente a su resignificación.

Sin embargo, esta perspectiva también exige una postura crítica cuando las estéticas diversas son incorporadas sin un reconocimiento profundo de sus contextos y significados, pueden ser reducidas a elementos decorativos, perdiendo su dimensión política. Por ello, es fundamental promover prácticas educativas y culturales que no solo incluyan la diversidad, sino que la comprendan en su complejidad, respetando las voces y los saberes de las comunidades.

Por su parte, Rodrigo, Rodrigo y Mañas (2020) subrayan que un enfoque pedagógico centrado en valores permite generar ambientes educativos más democráticos, donde la diversidad es reconocida y valorada, y donde la música se convierte en un medio para la inclusión y la cohesión social. Repensar la capacidad musical desde enfoques antihegemónicos implica transformar las prácticas pedagógicas hacia modelos más inclusivos, críticos e interculturales. Esto supone valorar distintas formas de aprendizaje, reconocer la diversidad de trayectorias y experiencias, y generar espacios donde todos los sujetos puedan expresarse y construir conocimiento desde sus propias realidades. La música, en este contexto, se convierte en una mediación que favorece el diálogo, la empatía y la construcción colectiva de sentido.

Habitar la música como docentes implica, ante todo, atreverse a romper los esquemas y los miedos que nos han hecho creer que el arte solo pertenece a lo audible; es una invitación a despojarnos de las barreras del desconocimiento para sumergirnos en el sentir profundo de quienes habitan el mundo desde otras realidades, donde el silencio no es un vacío, sino una sinfonía vibrante que se siente en la piel y se escucha con la mirada. Esta nueva forma de percibir la música sin sonido nos permite reconocerla como un acto político y cultural que nace desde el Mindfulness en Lengua de Señas, una propuesta que dota de fuerza al silencio al transformarlo en una presencia consciente, conectando con la insurgencia de Bellini Hidalgo, donde el gesto se vuelve poesía política y justicia epistémica para la cultura sorda. En este territorio de libertad, la música se convierte en un refugio de calma e identidad a través de la Musicoterapia con Arpa y la melodía de "Así soy yo", herramientas esenciales que abrazan la sensibilidad de niños con TDAH y autismo para recordarles que su forma de ser es su mayor fortaleza. Esta sensibilidad se entrelaza con la memoria viva de la Capoeira, que se levanta como un archivo de resistencia histórica ancestral, y con la fuerza de la Música de Protesta, ese grito necesario de denuncia social que visibiliza las desigualdades de nuestro territorio. Al asumir esta postura ética, reafirmamos junto a Rodrigo, Rodrigo y Mañas (2020) que un enfoque pedagógico centrado en valores permite la cohesión social, una realidad que palpita en la desobediencia sonora de STOMP y la Orquesta de Cateura al demostrar que la inventiva humana puede transformar botes de basura y desechos en sinfonías de soberanía expresiva. Repensar la capacidad musical bajo este enfoque implica despojarnos de la “colonialidad de la norma” para abrazar la ternura del Coro de Manos Blancas, donde el alma encuentra su camino a través del gesto. Así, este viaje por los sonidos de la resistencia reafirma que la música es una insurgencia capaz de construir sociedades más humanas, donde cada estudiante, desde sus propias dificultades o capacidades, descubre y hace sonar su propia y luminosa melodía de libertad.


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